El hombre

Entonces el gato dorado comenzó a estremecerse y en menos de un segundo se convirtió en un hombre. Todo pasó tan de prisa que no hubo tiempo para los cuestionamientos.

Mi corazón se detuvo al enfrentarse a ese pálido cuerpo desnudo que temblaba de frío frente a mis ojos. Sentí miedo. Muchísimo miedo al ver sus ojos apagados y temerosos de hallarse en medio de esa extrañísima noche de agosto.

Ni él ni yo respirábamos. Ni él ni yo quisimos mirarnos.

A lo lejos, sentí el lamento de una guitarra interpretando sonidos que me resultaron familiares.  Como si aquellos acordes fueran música de mis propias lágrimas.