Reflexiones navideñas sin ánimo de ser el grinch

Es 25 de diciembre, Navidad, y en los alrededores de Ellice Street hay celebraciones familiares.
Escucho música árabe desde la casa del lado.  Por la bulla asumo que es una familia numerosa.  Los niños estrenan sus regalos, los adultos hablan del incremento del GST (Goods and Services Tax) y de las ofertas increíbles del Boxing Day.
Más allá, asumo, hay un asado.  Huele a carne a la parrilla. No huele, eso sí, como en Chile.  Está prohíbido usar carbón o leña, así que lo que abundan son del tipo eléctricas o a gas.  Pero bueno, de todos modos, es un asado y algunos lo pasan bien.  Lo sé por las risas étilicas y el ánimo festivo que se cuela hasta mi patio.
Es un día perfecto, hay que decirlo.  Soleado como nunca, cálido como ráramente se siente en Wellington.  Ni una sola nube cruza el cielo que hoy parece más celeste que nunca.
Mis flatmates se han ido a sus respectivas fiestas familiares.  Llevaban comida, trago, regalos.  Si yo tuviera familia habría hecho lo mismo supongo...  Me habría vestido con mis mejores ropas, habría preparado un postre y cocinado algo delicioso y especial. Habría estado ansiosamente la hora de encontrarme con mi gente y darles un fuerte abrazo. Pero aquí no hay familia.
He andado dando vueltas desde las 11 de la mañana, cocinando, abriendo puertas, lavando mi ropa.  Para mí no es Navidad.  Comí arroz con vegetales, como siempre. Picotié pan entre comidas, como siempre...  Y estuve todo el día en internet viendo cómo en Chile mi familia y amigos sí tenían una Noche Buena.  Un 24 de diciembre con papas duquesas, pavo, ensalada de tomate y cebolla, choclo, coca cola zero, Gato Negro...
Hoy más que nunca extraño a mi familia y mi país.  Hoy más que nunca quisiera poder regresar y dejarme de andar paveando en este país donde Jackson dio forma a la Tierra Media.
Me aburrí de esta gente y del pan de molde. De Wellington y sus colinas. De limpiar wáteres ajenos, de no tener familia. De que mi novio neozelandés sea un desconsiderado. De que yo sea un "big mess".
Y a medida que pasan las horas, y el viento regresa a Wellington, más voy odiando este día y esta ciudad.
Para mí no es Navidad. Para mí es otro estúpido día en este país donde, al parecer, sólo pierdo el tiempo.
Odio NZ, odio mi vida en NZ. Odio esta Navidad.

Cambiaformas

- Cúbrete- le dije. Fue incoherente, lo sé.  A duras penas logré
controlar el temblor de mis dientes. Los nervios me comían viva.

  

 Él miró su cuerpo desnudo y luego la nada a nuestro alrededor. Una
expresión sombría se apoderó de su pálido rostro.  Se veía tan triste
y confundido. Tan triste y confundido como yo.

  

 - No tengo cómo cubrirme - respondió con un hilo de voz.  Se tapó la
cara con ambas manos - No me mires, por favor... -

  

 Desvié la vista, buscando un destello de vida en medio de esa horrible
vacuidad. Busqué, sabiendo que había algo importante en aquella noche
y entonces lo vi. Bajo un poste de luz, sutilmente acariciado por los
fotones, estaba el fumador.

  

 Una oleada de calor me envolvió. Me sentí despierta, viva. Por alguna
inexplicable razón necesitaba alcanzarlo, hablarle.  Algo me decía que
en él estaban las respuestas que necesitaba, que en él reposaban mis
recuerdos perdidos. Tenía que alcanzarlo…

  

 - No, no te vayas  - dijo, interponiéndose en mi camino. Pude ver, de
reojo, que el cuerpo del fumador se tensaba.

  

 - ¿Por qué?-  pregunté con los ojos clavados en el fumador.  Pero no
recibí respuesta. A mi lado, un gato dorado se lamía la panza.

El hombre

Entonces el gato dorado comenzó a estremecerse y en menos de un segundo se convirtió en un hombre. Todo pasó tan de prisa que no hubo tiempo para los cuestionamientos.

Mi corazón se detuvo al enfrentarse a ese pálido cuerpo desnudo que temblaba de frío frente a mis ojos. Sentí miedo. Muchísimo miedo al ver sus ojos apagados y temerosos de hallarse en medio de esa extrañísima noche de agosto.

Ni él ni yo respirábamos. Ni él ni yo quisimos mirarnos.

A lo lejos, sentí el lamento de una guitarra interpretando sonidos que me resultaron familiares.  Como si aquellos acordes fueran música de mis propias lágrimas.

Miau

Mientras caminaba en su dirección, iba pensando en los agujeros negros y en cómo ni siquiera los fotones podían escapar a su campo gravitatorio.

Extrañas imágenes conformaban un horizonte de sucesos dentro de mi cabeza.  Estrellas arrastradas por una fuerza incontrolable se desdibujaban por la poderosa atracción de aquel punto caótico e imperceptible a mis ojos.

Y pese a que mis pies tullidos por el frío y el dolor sangraban, seguía avanzando hacia él.  Pude distinguir sus facciones suaves iliminadas por una pálida luz azulina. Vestía una cazadora oscura y  un grueso gorro de lana envolvía sus cabellos.  Fumaba con insistencia, dejando escapar el humo en grandes bocadanas que se perdían en la fría noche. Irremediablemente lo buscaba.  De una forma curiosa e inquietante, estaba segura que necesitaba llegar a él.

Pero entonces un gato dorado saltó a la vereda y engrifado maulló.

La voz del gato sonó terrorífica enmedio de aquella oscuridad y quebró el silencio imperante. Me detuve. - Miauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu - El sonido se multiplicó por mil dentro de mi cabeza y la imagen del gato dorado la ocupó por completo.

Despertar

Desperté por el frío. Boca abajo, con los labios perdidos en el pasto húmedo de un jardín desconocido, y descalza.  Estaba entumida y completamente desorientada.

Temblando me puse de pie.  Era una noche estrellada y sin luna. Demasiado oscura para ser el escenario de un grato paseo nocturno. Demasiado desconcertante como para no estar asustada.

No reconocí nada a mi alrededor.  Habían unas pocas casas, unos cuántos árboles y algunos tenues faroles que a duras penas lograban mostrarme el camino.  Y me dolían los pies amoratados por el frío.

Caminé lentamente. Cada paso era una dolorosa tortura.  Y entonces lo vi.

Debajo del pórtico de la casa más lejana, él me aguardaba.  Pude distinguir el humo de su cigarro perdiéndose en la oscuridad. Siempre me gustó mucho esa imagen.